Eran las tres de la mañana cuando de súbito tuvo la necesidad de pararse de la cama, se coloco los zapatos, y sintió en sus manos el frío aire de la madrugada, a paso lento, camino hacia la cocina, después de beber un poco de agua, miro a su alrededor, estaba oscuro y reinaba un silencio casi total, solo al filo del marco de la puerta, un par de gatos ronroneaban, y así bajo la luz de una luna agonizante, con su mirada perdida, reviso lentamente sus huellas.
Recapitulo en cuantos pedazos iba dividido su corazón, después de algunas historias interminables y otras incontables, el ritmo de los versos con el que vivió cada uno de sus antiguos amores había ido perdiendo cadencia, hasta convertirse en un ensayo de una biografía mal contada.
Al final de todos y tantos, siempre ella, formando eslabones entre uno y otro amor.
Ella, una rima vuelta prosa, dueña ahora de su alma.
De esos amores con mil historias inconexas, repletas de sinsabores y labios secos.
Una historia que nunca tuvo momentos precisos, sin oportunidades, siempre tarde, invariablemente lejos.
Tan llena de errores, desilusiones y fatales coincidencias.
Aún recordaba aquel día, cuando se paró frente a ella, ya hace muchas lunas, y le dijo, con el alma desnuda y el corazón en las manos, que era su oportunidad y de nueva cuenta, no era el tiempo.
Y la vio partir sin voltear jamás.
De esos momentos en que duele más el adiós que el orgullo.
Y de nuevo, volvían a ser parte del ayer.
Ahora el viento helado, parecía indicarle que este era el comienzo de un adiós anunciado y en un intento forzado guardo la compostura, buscando animarse en nuevas esperanzas, aún sabiendo que ahora tenía todo en contra.
Y abrazo sus ilusiones empolvadas.
Y hoy los segundos sean vuelto eternos, soñando con lo que nunca fue. Conservando viejos recuerdos.
Si la ven, díganle que aquí sigo recogiendo algunas melancolías.
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